Era de noche y confundió el camino. Estaba borracho pero se dio cuenta enseguida. Se había perdido. Pero no podía regresar, no volvería a tragarse el orgullo. Si ella quería seguir en la fiesta rodeada de todos aquellos engreídos, cargados de coca hasta las cejas y que sólo buscaban el follársela, no era ya asunto que le importara mucho.
Debieron transcurrir casi treinta minutos cuando se percató de que caminaba en círculos. Por qué le haría caso cuando le pidió que la acompañara a aquella casa en las afueras. A él, que nunca le había gustado salir del asfalto. Y ahora se encontraba dando vueltas, sin norte y rodeado de árboles y espesos matorrales, todos iguales entre sí.
Y entonces la encontró. Entre dos pinos, boca abajo. Sin bragas y con la minifalda por encima de la cintura. La blusa hecha jirones. Se acercó y pensó en darle la vuelta, comprobar si aún respiraba. Los muslos estaban empapados en sangre. Sangre que aún seguía fluyendo, muy roja y brillante.
Del cuello salió un destello y él se detuvo a dos pasos del cuerpo. Era la cadenita de plata con el colgante en forma de la mitad de un corazón, idéntico a la otra mitad que él tenía colgada de su cuello. Un regalo mutuo en su primer aniversario.
Se agachó y sin mirarla tiró fuerte de la cadena, arrancándosela. La metió en el bolso trasero de sus vaqueros. Dio media vuelta y reemprendió la marcha sin mirar atrás.
Esta vez tomó el sendero correcto y logró abandonar la espesura del bosque.
“All is dream”
por MAQ
Al abrir los ojos se encontró de nuevo con la brillante luz del flexo de su mesa. Tenía la mejilla apoyada sobre la superficie de aglomerado color castaño y de su boca había brotado un hilillo de saliva. Mientras sus ojos se adaptaban de nuevo a la realidad, seguía sonando en su aparato de música el mismo compacto que recordaba haber puesto antes de perder la consciencia: La Boheme.
Poco a poco, intentó estirar el cuello y levantar la cabeza, sin movimientos bruscos. Miró la hora en el reloj que reposaba en la parte derecha de su escritorio. Había estado ausente casi dos horas. Últimamente volvía a pasarle a menudo. Hacía casi tres años que no había sufrido ninguna recaída, pero en las últimas dos semanas ya había tenido tres ausencias. Más o menos desde que aquella siniestra mujer entrara por la puerta de su despacho una fría mañana del segundo día de enero.
Apenas habían transcurrido cinco minutos desde que llegara al trabajo cuando la vieja entró sin llamar al aún oscuro despacho. A pesar del frío propio de la estación, llevaba un corto y ceñido vestido negro cubierto tan sólo por una especie de mini visón que sólo le llegaba hasta la cintura. Las medias de rejilla también negras y los zapatos de tacón de aguja negros, dibujaban sus largas y atractivas piernas, insólitas para edad tan avanzada, que se acercaron seductoras y con seguridad hacía la silla que solía disponer frente a él para los clientes. Las arrugas de la cara y el castigado cabello blanco iban disimulados por un gran sombrero de piel, negro también, que desde la frente soltaba un velo oscuro hasta la barbilla. Con su mano izquierda agarraba un pequeño bolso negro y entre el costado y el antebrazo derecho llevaba protegido a un enorme y feo gato egipcio de color ocre que se limitaba a dormitar, abriendo de vez en cuando, sus asquerosos ojos rojos con forma de enorme almendra.
Se levantó con cuidado de la silla y entró en el pequeño aseo que tenía dentro de la misma oficina para lavarse la cara. Cogió un trapo y volvió a la mesa para limpiar la baba que soltara mientras estuvo dormido. Dejó el trapo sobre el lavamanos del baño y se acerco al retrete a mear. Pero como había despertado con una gran erección no fue capaz y antes tuvo que masturbarse durante casi diez minutos hasta que consiguió eyacular. Entonces orinó.
Salió al despacho y cambió la ópera por algo más animado. Ojeó entre sus viejos vinilos y se decidió por el primer larga duración de los Stooges.
Se acercó a la ventana que tenía a la espalda de su mesa y oteó la ciudad durante unos minutos. Entonces vio su reflejo en el sucio cristal. Llevaba varios días ya sin afeitarse y su rostro parecía demacrado, como si hubiera perdido algún kilo. Volvió de su letargo, dio media vuelta hacia el teléfono y marcó el número de una empresa de limpieza. Necesitaba una asistenta.
Necesito deshacerme de mi marido. Llevaba casi veinte años trabajando como psiquiatra y había oído de sus pacientes cosas muy dispares y extravagantes, pero nunca había recibido una consulta como aquella. Sólo quiero que me ayude a buscar una forma, no le pido que usted lo haga por mí.
Salió del despacho antes del mediodía y subió al primer taxi que encontró libre. Fue directo a su apartamento. Aún tenía casi cinco horas por delante. Comería algo, se asearía bien e incluso podría descansar un rato en el sofá mientras veía las noticias.
Había escaso tráfico y llegó a casa en apenas quince minutos. Vivía en las afueras de la ciudad. Nunca le había gustado el centro, demasiada gente yendo y viniendo. Prefería estar cerca del campo. A pesar de que tampoco le agradaba demasiado. Lo único a lo que aspiraba es a cierta tranquilidad en lo que él llamaba su refugio. Entró y se dirigió de inmediato hacia el contestador para escuchar los mensajes. El primero era de su madre. Quería saber de él. Hacía meses que no iba a visitarla. Lo borró y pasó al segundo mensaje. Era de su ex mujer. El próximo fin de semana se iba con Sam a esquiar y necesitaba que recogiera a los niños el viernes. El domingo, antes de la cena, estarían en su casa para llevárselos de nuevo. No tenía más mensajes.
Se quitó la ropa y anduvo desnudo por el piso mientras fumaba un cigarrillo. Entró en el baño y abrió el grifo. Decidió darse un buen baño en lugar de la rápida ducha. Volvió al salón y se acercó al equipo de música para encenderlo. Comenzó a sonar el disco que había dejado puesto el día anterior antes de salir hacia la oficina. No estaba mal. A esas horas el jazz era lo más adecuado.
Regresó al baño, tiró la colilla al retrete y se metió lentamente, disfrutando de la calidez del agua, en la bañera.
No le aguanto más, ya no soporto sus quejas a todas horas. Que si tengo a los niños mal criados, que si se lo permito todo, que si fumo demasiado, que si antes sólo bebía vino en las comidas…, por favor doctor, si sigue así me va a volver loca. Dígame, cómo puedo hacer que desaparezca para siempre. El doctor no sabía cómo reaccionar, no acababa de comprender lo que la misteriosa anciana de negro le estaba pidiendo. Tenía la sensación de que al contrario de lo que ella le decía, ya se había vuelto loca, no encontraba coherencia alguna en su discurso. Sus palabras no acababan de tener sentido para él.
Estaba comenzando a dormitar cuando el teléfono le hizo salpicar el suelo del baño. Mientras escuchaba el nuevo mensaje que grabaría el contestador volvió a ponerse el paño caliente sobre la frente. Era su secretaria. Al parecer pocos minutos después de irse de su despacho había llegado un detective de la policía local. Un tal Méndez. Necesitaba hacerle unas preguntas. Sólo rutina, le había comentado a Helen. Volvería a pasar a verle, dijo. Y colgó. La verdad es que las últimas semanas había estado un poco distante y lacónica con él. No alcanzaba a comprender el por qué. Quizás tuviera problemas personales. Tampoco se consideraba quién para preguntárselo, se tenían un respeto y aprecio mutuos, pero la confianza nunca había ido más allá de la normal entre un jefe y su empleada.
Siguió con su baño de espuma y finalmente se quedó dormido.
Discúlpeme un segundo. El doctor salió del despacho para interrogar a su secretaria sobre la identidad de la mujer. Era la Sra. Crane.
Ahora lo comprendía todo. Aquella mujer, paciente suya veinte años atrás, había esquivado la cárcel por el asesinato de su marido después de que su abogado alegara enajenación mental y defensa propia. Quizá ahora, en su locura, pensaba todavía que su esposo seguía vivo y que su matrimonio aún era un infierno. Sin embargo, ¿por qué pedía ayuda al buen doctor para que le revelase la fórmula para acabar con él? Acaso estos veinte años le habían hecho perder la voluntad para alzar el revólver y apretar el gatillo como entonces había hecho.
Seguía desconcertado. Qué le estaba pidiendo la vieja loca. ¿Qué ambos se pusieran en contacto con el más allá para que el alma en pena del difunto la dejase de acosar y se retirara a su descanso eterno? Qué podía hacer, cómo convencer a una anciana que lleva tantos años conviviendo con la locura de que las voces que oye o las cosas que ve no están más que en su maldita cabeza.
Cuando le despertó el silencio del apartamento vio en su reloj que le restaban tan sólo dos escasas horas para el funeral. Se levantó rápidamente, se puso el albornoz y se dirigió a la cocina dejando un rastro de gotas de agua por todo el pasillo. Abrió el frigorífico. Nada. Sólo unas cervezas, leche pasada de fecha y una pizza congelada. Abrió una lata de cerveza y fumó un cigarrillo sentado en la escalera. Ese sería su almuerzo. Al fin y al cabo tampoco tenía apetito.
Luego se puso el traje gris que guardaba para los funerales, últimamente lo había usado bastante, y salió con margen suficiente para llegar a tiempo.
Cuando regresó de hablar con su secretaria al despacho, la anciana ya no estaba. Juraría que no había percibido en ningún momento su marcha. Cómo se las habría arreglado para salir, teniendo que atravesar sin más opciones, la recepción donde la Srta. Weber recibía siempre a sus pacientes. Empezaba a pensar que se estaba volviendo loco, que todos habían perdido la cabeza, su secretaria incluida. Ella, que siempre había sido tan sobria y parca en cuchicheos. Siempre limitándose a su trabajo.
Sin pensarlo, se dirigió a los archivadores y buscó el expediente en el cajón correspondiente a aquel año. Mientras iba pasando con la yema de los dedos los archivos colocados por orden alfabético y se iba aproximando a la C, su corazón latía cada vez más rápido, tanto que llegaba a retumbar en sus oídos, y unas perlas de sudor frío comenzaban a asomar por su frente. Chalmers, Chaplin, Charter, Chester… Circle, Corridge… Crammer, Cramp, Cramps… Curling, Curly… Sintió un amago de desmayo, nauseas incluidas, pero logró reponerse y recuperar el equilibrio, eso sí, la sorpresa al comprobar la desaparición de aquel expediente iba aumentando a medida que su cerebro la convertía en total certidumbre. De repente se sintió amenazado, el hombre más pequeño del mundo, como si le hubieran metido en una máquina reductora de moléculas de aquellas viejas películas de serie B que tanto le habían gustado en su juventud, ahora tan lejana.
De nuevo le sobrevinieron las palpitaciones, el sudor frío y las nauseas, la desorientación. Y se dio de bruces contra el linóleo. Estaría ausente durante un rato.
Mientras iba dejando atrás casas repetidas de barrios residenciales calcados, sonaba I see a darkness en el estéreo de su BMW. Llevaba un Pall Mall en la comisura de los labios e intentaba canturrear los versos de la canción soltando la ceniza consumida del cigarrillo por todo el salpicadero. Vio su rostro en el retrovisor y por un momento no se reconoció.
Algo había cambiado en su semblante pero era incapaz de saber qué.
Cuando recuperó la consciencia y se levantó del suelo de su despacho decidió volver a preguntarle a la Srta. Weber sobre el expediente perdido. Pero también ella se había ido. Concretamente había desaparecido junto con todo el recibidor que servía de antesala a su oficina. Se encontraba ahora en el pasillo de la planta y frente al ascensor. Dios mío, qué me está pasando. No daba crédito a los últimos acontecimientos. Se volvió hacia atrás y donde antes hubiera estado la puerta hacia su oficina, ahora sólo encontró pared. Aquel viejo color pastel que había decorado todas las paredes de la casa de sus padres. Aunque nunca había sido aficionado al art decò y tampoco era de esas personas que se fijan en los detalles de los lugares y residencias, juraría que todas las paredes de aquel edificio destinado a albergar oficinas, siempre estuvieron pintadas de un límpido color blanco.
Llegó al cementerio cinco minutos tarde, cuando ya había comenzado el sepelio. Allí estaban todos. Su secretaria, la vieja misteriosa vestida de negro, el detective Méndez, su ex con sus hijos y algunos de sus amigos de juventud, con los que aún ahora se reunía una vez al año para cenar y tomar unas cervezas. Se puso sus Ray-Ban y se acercó lentamente hacia el círculo que formaban todos rodeando la recién excavada tumba con el féretro a un lado. Dispuesto para ser enterrado bajo toneladas de tierra sobre la que iría creciendo la verde hierba.
Lo que dios nos da, dios nos lo quita, recitaba el cura con voz de autómata. Seguro que estas palabras ya las habría dicho miles de veces, sin embargo no dejaban de resultarle siniestras. Se acercó un poco más hasta colocarse al lado de Helen. Durante un momento dudó si mirarla. Le pareció tan mística la concentración de los presentes que pensó que hasta el mínimo movimiento hubiera provocado la reacción de todos girándose a mirarle con cara de reproche. Permaneció estático durante cinco minutos interminables hasta que levantó los ojos hacia el sacerdote. Tuvo que reprimir el alarido que comenzó a ascender desde su diafragma. En vez de cara, aquel que oficiaba el funeral en nombre de dios tenía tan sólo osamenta y de sus vacías cuencas salían dos enormes puntos de luz roja.
De nuevo comenzó a marearse. Miró a su secretaria. También carecía del rostro amable que siempre hubo conocido. Tan sólo hueso y huecos negros. Miró a su esposa y a sus dos niños. Miró a sus colegas y a la Sra. Crane. Todos estaban muertos, sin rostro. Y aún así seguían moviéndose y actuando como si nada hubiese cambiado. Sólo Méndez conservaba su aspecto humano. En silencio y mirándole fijamente a los ojos se acercó a él. No te arrepientas ahora. Hace veinte años que te estaba esperando. Siempre me has pertenecido.
Esto fue lo que más le asustó. Ya no pudo soportarlo más y rompió a gritar. Todos los cráneos desnudos se volvieron hacia él y comenzaron a reír enseñando sus dientes sucios. Le señalaban con sus huesudos índices. De sus cuencas brotaban gusanos y todo tipo de insectos y el olor a putrefacción se fue adueñando de todo el recinto.
Salió sin rumbo fijo de lo que antes había sido su oficina. Al bajar del ascensor hacia la puerta del edificio resbaló y estuvo a punto de caerse, pero solamente su rodilla izquierda se posó en el suelo encerado. El portero le socorrió educadamente y le condujo hasta la salida abriéndole la puerta en un gesto cortés y anticuado.
Llegó al coche y pulsó el botón de su llavero para desbloquear el seguro de las puertas. Arrancó el motor silenciosamente y salió de frente hacia la casa en las colinas, donde había vivido con su mujer, donde habían nacido sus hijos.
Entró en aquella carretera sinuosa que tantas veces había transitado durante los diez años buenos que tuvo su matrimonio. Hacía tiempo que no circulaba por allí, sin embargo recordaba cada curva, cada pequeño surco o bache del terreno.
Por debajo de la máxima velocidad permitida fue ascendiendo poco a poco sobre el nivel del mar, parándose a contemplar cada minúsculo detalle de aquel paisaje que siempre había amado y que su esposa siempre había odiado. Aunque, quizás por orgullo, quizás por ahorrarles más peleas a los niños, prefirió cederle la casa en el momento del divorcio.
Allí estaba el hermoso lago. Al que tantas excursiones había realizado la familia. En el que más de una vez, él y su mujer, se bañaron desnudos e hicieron el amor en las cálidas noches de verano. Aquel lago al cual no volvieron tras el accidente en el que uno de los pequeños estuvo a punto de ahogarse. Tuvo que zambullirse durante minutos hasta dar con el cuerpecito inmóvil del niño, en el fondo, para sacarlo a la pradera y hacerle la respiración artificial. Recordaba haber bebido mucho vino aquella calurosa tarde. Mientras intentaba reanimar al chico rogó en su interior que haría lo que fuese por no perderlo, pidió a dios, al demonio, a todo aquello en lo que nunca había creído que no se llevaran a su pequeño. Sopló y sopló en los tiernos labios hasta recibir el esputo de agua en su cara. Entonces lloró. Lloró y dio gracias sin saber a quién dárselas.
Al contrario de unirles más, fue a partir de entonces cuando el matrimonio comenzara a naufragar. La culpa y la vergüenza le acechaban y poco a poco se distanció y descuidó a su mujer. Hasta que finalmente todo acabó.
Ante estos recuerdos aceleró para dejarlos atrás. Quería llegar lo antes posible y decirle a ella lo que seguía sintiendo. Quería pedirles perdón.
Siguió acelerando hasta superar el límite. Dejaba las cerradas curvas atrás sin pensar, como dirigido por una fuerza mayor que conociese cada milímetro del trayecto. Comenzó a sudar e hiperventilarse. Llegaron los puntos de colores hacia sus ojos. La desorientación. Las nauseas y el desvanecimiento.
Antes de que el BMW impactara contra las rocas del fondo del valle, él ya se encontraba ausente.
"WALKMAN"
ÉL.
Trabajé allí durante un año. La veía pasar frente a mí y sonreír cada día. Nunca fui capaz dirigirle palabra alguna. El día que cumplía mi contrato salí por la puerta con el walkman encendido, sin mirar atrás.
ELLA.
Todos los días estudio en la biblioteca. Qué habrá sido del chico que trabaja allí, el del walkman. Me gustaba, siempre sonreía. Una noche salía detrás suyo, le llamé y no se volvió. No me oía. Luego le perdí, caminaba con prisa.
Harto de salir de pesca y volver sin más que el culo empapado.
No necesito despertador. Y la cama sólo sirve para dormir, al menos la mía. No aguanto mucho rato ahí tumbado sin hacer nada, solamente pensando. Y nadie me paga por pensar. Ella me dice que tengo excesiva inclinación a expresar en voz alta lo que siento. Yo, que ella la tiene para dormir a cualquier hora. Si intercambiásemos nuestras facultades seguro que nos iría a los dos mucho mejor... “a lo mejor me paso mañana a verte”... no me hagas promesas que no vas a cumplir. Sólo son ropa colgada sin pinzas en la fina cuerda de mi tranquilidad.
Mientras no duerma lo suficiente no recuperaré mis sueños.
Los gitanos reciben y despiden juntos a la muerte. A los payos nos queda esperarla en soledad. Desde el momento en que nos nacen ya estamos solos ante el mundo. El tiempo, ese corredor de fondo que llegó a la meta cuando no has empezado a correr. Deseamos recuperar los años dejados atrás y esperamos con impaciencia que los que vienen pasen rápido. Hasta que el futuro acabe con el vacío.
Estábamos sentados a una mesa, los dos fumando y tomando café... “he dejado a mi novio”, dijo. Estaba distinta, quizás por el peinado, pero era ella. Hubiera sido mejor no soñar. Mejor no despertar a la pesadilla del fin de semana. Cuando el mundo es ese gigantesco lugar sin ningún sitio a dónde ir.
Sigo sin ser capaz de llorar y el dolor es el mismo. La necesidad. Necesidad de ser necesario.
Pasada la medianoche pongo el video... “gracias por el chocolate”... acaba poco antes de las tres. Tengo que enfrentarme de nuevo al miedo. A esa cama desolada. Con los ojos cerrados, rogando que el sueño venza antes de que brote el dolor desde el pecho.
Despierto con los ojos legañosos. Lloré mientras dormía. Me echo agua fría a la cara. Preparado para un nuevo día.
"LA VIEJA CASA AZUL"
No recuerdo con exactitud cuando llegó Cecilia al barrio pero desde el primer momento supimos todos que nada volvería a ser como antes. Ha pasado mucho tiempo. Ella se fue primero. El resto, uno a uno, también fueron desapareciendo.
Sólo queda la tristeza en este apartado rincón del mundo. Sin embargo, hubo una vez en que la vida pareció prometernos una felicidad perpetua.
Nunca he podido borrar la primera imagen suya. Aún hoy la sigo viendo así. En el momento en que se cruzó en nuestras suburbiales existencias.
Es verano. Antes del mediodía. Como tantas otras mañanas, nuestras exacerbadas energías preadolescentes nos han escupido a la calle ya temprano. El no tener nada qué hacer aún no es razón suficiente para permanecer por más tiempo bajo las sábanas.
El calor de agosto nos ha tumbado en la hierba recién regada y las bicis reposan en la acera o el asfalto tras ser abandonadas por nuestras manos de un ligero empujón.
Es el momento del día en que brotan los olores de las comidas en los fogones a través de las ventanas de las cocinas y se mezclan en el centro de la calzada para extenderse a lo largo y ancho de la avenida.
El sol pica con rabia y la única esperanza para antes de que decline el día es que pase una vez más el furgón de los helados.
Por las puertas medio abiertas salen las lejanas voces de los comentaristas radiofónicos que auguran una ola de calor que aún irá en aumento.
Así esperamos cada mañana, convencidos de que dios pondrá algo nuevo en nuestras infantiles vidas. Antes de que las horas vacías acaben con la ya maltrecha alegría que un mes antes supuso el final de otro curso.
Quizás por eso todavía hoy, sigo dudando si realmente aquella chica existió y estuvo aquí para nosotros o simplemente fue un producto de la necesidad que alimentaba nuestra imaginación.
Desde aquel día de agosto, a punto de ser devorados por la canícula, abandonamos nuestros juegos y conocimos el sufrimiento provocado por aquella sensación nueva, extraña, que escapaba del dominio de nuestra pueril razón.
La música comenzó a sonar y apagó todos los murmullos de aquella mortecina mañana hasta invadir todos los rincones de nuestro pequeño mundo. Aquel sonido, nuevo para nosotros, era una fresca rebeldía que se colaba de repente en la paz familiar en la que nos habían arropado.
Confusos, nos incorporamos intentando averiguar el origen de aquella llamada hacia lo salvaje. No supimos entonces que nos estábamos dando de narices contra el verdadero sentido de la vida.
Alzamos la vista y estaba allí. Quién hubiera pensado que la tantos años vacía casa de los Ropper, quienes en su día habían tenido la curiosa idea de pintarla de azul, se convertiría en el epicentro de todo lo demás.
Nos saludaba desde la ventana del dormitorio de la segunda planta. Con su mano blanca. Sonreía y las notas endemoniadas de Moonage Daydream atravesaban su dulce cuerpo alborotando los rubios y largo cabellos hasta llegar a nosotros y penetrar por nuestras bocas abiertas.
No lo falsees baby, dame la cosa verdadera.
La catedral del hombre, el amor, un sagrado lugar donde estar.
Hazme baby, hazme saber que realmente te importo.
Hazme saltar en el aire...
Quise estallar de dolor. Habíamos muerto. Ahora, esperábamos impacientes a que sucediera lo que no había hecho más que empezar.
Creímos que todo había sido un sueño cuando se apartó de la ventana y desapareció durante interminables minutos. La música cesó.
Se abrió la puerta de entrada y salió al porche, bajó lentamente los escalones y alzando sus enormes ojos comenzó a caminar hacia nosotros. Mi corazón se debatió por salir y atravesarme el pecho para correr a su encuentro.
Era tan real el sufrimiento ante tal cantidad de belleza que recuerdo haber saboreado por un momento la sal de las lágrimas que surcaron entonces mis mejillas. Parecía frágil y a la vez firme en sus movimientos. Caminaba con ritmo, pero con una ligereza que daba la impresión de que no tocaban sus pasos el suelo.
Sin duda era mayor que nosotros. También más alta. O quizá su presencia nos empequeñeció a todos. Se plantó frente a mí, sonriendo, y me tendió su grande y delicada mano. Soy Cecilia dijo. Mi estúpida boca abierta fue incapaz de emitir sonido alguno. Por suerte mi mano, más espontánea, se aferró a la suya.
Nunca había sentido tanta suavidad como la de aquella piel. Nunca más la he sentido. Aún hoy busco en todos los rincones de mi mujer un calor como el de aquella mano juvenil.
El tiempo se detuvo. Si hubiera podido, aún seguiría aferrado a ella por el resto de mis días, sin que nadie o nada más hubiese importado.
Se presentó de igual modo a los demás y se sentó en la hierba junto a nosotros mientras deseamos que nunca llegase aquel instante en que nuestras madres nos llamarían para entrar a comer.
La comida, desde entonces, dejó de ser placer. Nunca más disfruté con ella. Se convirtió en una más de las obligaciones de la existencia. Como el trabajo o el tener que respirar.
Aquella tranquila mañana de agosto, los niños del barrio nos enamoramos por primera y última vez. Sin siquiera saber lo más mínimo sobre lo que eso de lo que hablaban todas la viejas canciones significaba.
****
Muchas cosas fueron las que descubrí aquel caluroso verano. Una de ellas fue la palabra ramera. Así es como empezaron a llamar a la madre de Cecilia las mujeres del barrio.
Habían llegado la noche anterior y se instalaron en la vieja casa de los Ropper. Pronto circularon todo tipo de historias sobre el pasado de aquellas dos nuevas vecinas.
Una versión aseguraba que el padre de Cecilia las había echado de casa cuando aquél descubriera a su mujer en la cama con el hermano de él. También había quien afirmaba que no era el hermano de él sino de ella.
Otros las situaban como antiguas inquilinas de un burdel de una conocida madame de la ciudad hasta que uno de los clientes habituales, encaprichado por la pequeña, las habría sacado del arroyo para después ser traicionado, escapando las dos mujeres con todas las posesiones del infeliz.
La versión de la mayoría decía simplemente que Cecilia sería el fruto ilegítimo de una relación de su madre con un hombre casado y adinerado. A primera vista, la joven mujer no parecía desarrollar ningún medio para ganarse la vida. Lo que a todos hacía suponer que a cambio del silencio, el infiel marido las habría acomodado en el viejo caserón azul para mantenerlas alejadas del mundanal ruido.
Sea como fuere, en cuanto se instalaron en el barrio, toda la vecindad saltó en alarma ante la mala hierba que les había brotado en su puro y bello jardín.
Mientras tanto, los hombres se limitaban a asentir ante los juicios de sus esposas, procurando que ellas no estuvieran presentes cada vez que sus miradas se desviaban hasta posarse en la casa de los Ropper.
Y los niños comenzábamos a paladear la miel auténtica de la vida.
****
Durante meses la alegría y la tensión gobernaron nuestro mundo. Cada día Cecilia nos descubría algunas de las cosas buenas que han hecho los hombres. Con ella escuchamos por primera vez a Dylan, a Led Zeppelín, vimos morir a Belmondo en los brazos de Jean Seberg, lloramos con los versos de Sylvia Plath y reímos con la mala sangre de Celine...
Y por las noches nuestras madres exigían que nos alejásemos de tan mala compañía.
Un día, casi al verano siguiente, saboreé por vez primera la dulzura de unos labios. Me besó. Es una despedida dijo. Mañana nos trasladamos. Al fin mamá ha conseguido el trabajo que esperaba. En un colegio, para dar clases de literatura.
Me besó otra vez y salió corriendo hacia la casa.
Me vi a mí mismo al volante de un deportivo, con sombrero. Ella sentada a mi lado. Yo le decía que no podría vivir sin ella. Sí que puedes, contestaba. Sí que puedo, pero no quiero...
A la mañana siguiente el viejo caserón estaba de nuevo vacío con un cartel de Se alquila clavado en el jardín.
Desapareció. Y aunque todos sabíamos que no volvería, esperamos. Durante días. Meses. Años.
Todos se fueron yendo. Se rendían uno tras otro. De todo el grupo sólo quedo yo en el barrio. Pasado un año de la marcha de Cecilia falleció mi padre. Nos quedamos solos mamá y yo y decidí ponerme a trabajar.
Más tarde conocí a mi mujer a la que quiero cada día más, y se vino a vivir con nosotros.
Hoy tengo dos niños que han traído mucha alegría a esta casa, aunque también muchos dolores de cabeza. Pero los adoro. Hace años jamás lo hubiera dicho, sin embargo en este momento, son la razón fundamental por la que seguir adelante.
Mamá murió. A pesar de todo, creo que nunca abandonaré este sitio. Tampoco me importa. No le pido mucho más a la vida.
Pero no pasa un día en el que al despertar y levantarme no mire desde mi ventana la casa azul de los Ropper. Sigue vacía.
Aún así, sé que algún día amanecerá y al mirar hacia allí volveré a verla de pie en la segunda planta sonriendo y saludándome con su pequeña mano blanca.
“Un altercado”
A Thomas Bernhard…
Era una mañana de domingo aún temprano cuando sonó el teléfono en la casa del carpintero y la mujer del carpintero saltó de la cama y se apresuró para descolgar el auricular, temiéndose ya que al sonar a una hora tan temprana, eran las siete y media de la mañana, y siendo domingo, hubiera ocurrido alguna catástrofe. Porque es lógico pensar que un teléfono suena tan temprano cuando aún ni siquiera ha amanecido, o bien cuando suena ya tarde avanzada la noche, es porque en cuanto descolguemos ese teléfono vamos a recibir instantáneamente malas noticias, incluso referentes a alguna tragedia irreversible, como la muerte de algún ser cercano y a veces querido. Tanto es así que aquella mañana de domingo y cuando aún no había amanecido y toda la familia del carpintero, su mujer, su hija y su hijo y él mismo, se encontraban en la cama durmiendo, la mujer del carpintero al oír que el timbre rompía el silencio matutino, salió corriendo del dormitorio del matrimonio dirigiéndose por el pasillo hacia el auricular y pensando y temiendo para sí misma lo peor. Aún estaba la mujer acercándose el auricular a su oreja y ya el resto de la familia estaba también expectante y temerosa en el quicio de la puerta de sus respectivas habitaciones a la espera de recibir las malas noticias. Pero la expresión de alivio que fue transformando el rostro de la mujer del carpintero a medida que recibía el mensaje que emitía el murmullo de voz al otro lado del hilo telefónico, hizo comprender al propio carpintero y a sus hijos que el miedo que hasta hacía unos momentos les había invadido de una forma creciente y angustiosa era infundado, y ya pronto el carpintero adivinó que se trataba de una de esas emergencias habituales para las que lo solían solicitar en cualquier momento y al cualquier hora del día. A saber, puertas cerradas por dentro cuando su propietario había salido, persianas que no subían o no bajaban, y otros percances de diversa índole. El problema acaecido en aquella ocasión correspondía a la rotura de la cinta de una persiana que el mismo carpintero había instalado unos meses atrás en la casa del hijo del Señor Bean, un acaudalado y reputado hombre mayor que siempre había sido tenido muy en cuenta por la mayor parte de la población del municipio en el que vivían el carpintero y su familia, una persona, el Señor Bean, que hasta el momento de su jubilación acaecida unos años antes, regentó la panadería más famosa y próspera de aquella comarca, y con el que convenía siempre estar en buenas relaciones y a la que valía la pena tener como amigo o al menos no como enemigo. Un hombre incluso temido por algunos vecinos, el Sr. Bean, del que todo el mundo sospechaba y solía decir, aunque nadie jamás podría probar, había estado involucrado en la trama del último intento de golpe de estado que se había dado en el país hacía ya unos veinte años. Por eso, y a pesar de ser aún temprano, tanto que ni siquiera había amanecido, y aunque era domingo, el día en que todo el mundo suele descansar, el Día del Señor, como todos los creyentes sostienen, incluido el Sr. Bean y toda su familia, como siempre fue sabido en la comarca, el que el Sr. Bean y toda su familia son una gran estirpe y con una gran tradición de ser fervientes religiosos; a pesar de todo ello y teniendo en cuenta además la amabilidad y disponibilidad que el carpintero siempre había manifestado para con sus clientes fuesen quienes fueran, el carpintero accedió a presentarse lo más pronto posible en el domicilio del hijo del Sr. Bean para tratar de solucionar aquella “urgencia”. Cosa que el carpintero logró en menos de media hora, tras la cual ya estaba de nuevo en su hogar con su familia dispuesto y aún temprano para aprovechar el que era su día de descanso semanal. En cuanto regresó de hacer el arreglo, la mujer del carpintero, que siempre había sido la más práctica de los dos componentes humanos de aquel matrimonio, le preguntó a su marido por la cuantía del dinero que iba a cobrar al hijo del Sr. Bean. El carpintero, su marido, le notificó que los dos, él mismo y el hijo del Sr. Bean, habían convenido el precio total de 18 euros, por poner un ejemplo, ya que por entonces circulaban aún las pesetas de antes y es difícil ahora precisar la cantidad exacta que ambos, el carpintero y el hijo del Sr. Bean habían acordado por haber cambiado la cinta de la persiana, la puesta a punto de la misma, y la casi media hora empleada para todo ello, cantidad tal que el hijo del Sr. Bean, como habían acordado, le entregaría aquel mismo día a las doce y media a la salida de la misa, a la que cada domingo acudía, siendo el hijo del Sr. Bean al igual que su padre, el Sr. Bean, y el resto de su familia, un auténtico y fiel católico practicante, como ya antes quedó dicho. Faltaban aún quince minutos para las doce y media cuando el carpintero ya estaba esperando en la plaza situada frente a la iglesia para cumplir con la cita acordada con el hijo del Sr. Bean, para guardar su buena costumbre de la puntualidad, cosa que siempre había significado una gran prioridad para el carpintero, el ser puntual, nunca quiso hacer esperar a nadie, y tampoco le gustaba que nadie llegase tarde a una cita o reunión social y le hicieran esperar, esperar o hacerse esperar era algo que el carpintero no podía soportar, y así no le hubiera gustado nada que cuando él hubiera llegado a la salida de la iglesia, el hijo del Sr. Bean estuviera ya esperando por el carpintero debido a su falta de puntualidad, que en el caso del carpintero, como queda dicho, hubiera sido provocada por causas mayores o accidentales. Hasta las doce y media pasadas estuvo aguardando el carpintero hasta que acabara la misa, contadas veces habían sido en las que el carpintero había penetrado en una iglesia en toda su vida, no era el carpintero un hombre piadoso ni mucho menos beato, y aunque tampoco pueda afirmarse que no creyese en alguna instancia superior, sí era cierto que no creía y mucho menos confiaba en una institución corrupta y parásita como la de la Iglesia Católica. Así que a las doce y media pasadas del mediodía de aquel domingo, el carpintero y el hijo del Sr. Bean se encontraron a la salida de la misa tal y como habían convenido para saldar la deuda por el trabajo que el carpintero había realizado para el hijo del Sr. Bean aquella misma mañana, y que como ambos habían acordado ascendía a 18 euros, ni más ni menos. No presumía el carpintero en aquella soleada mañana de domingo que por primera vez en su vida y en la carrera que componía el ejercicio de su profesión, se iba a encontrar una oposición, una crítica y una acusación como las que le haría entonces el hijo del Sr. Bean, que como dijo tras ver el trabajo del carpintero y haberlo meditado, analizado y finalmente deducido, no merecía aquel arreglo, y mucho menos su realizador, el carpintero, el valor y la contraprestación de 18 euros, ni siquiera, afirmó el hijo del Sr. Bean, debería el carpintero osar a autodefinirse y mucho menos anunciarse por ahí como profesional de la madera, ya que según su propia opinión, la del hijo del Sr. Bean, no era más que un simple y mediocre chapuzas. Aún más dijo el hijo del Sr. Bean, me atrevo a decir que tu chapuza de esta mañana no merecería más de 11 ó 12 euros, así el hijo del Sr. Bean, completando con estas afirmaciones el catálogo de muestras de la megalomanía por todos conocida del hijo del Sr. Bean, que en aquel momento osó tasar el trabajo y la dedicación de un obrero como aquel que era el carpintero, el mismo hijo del Sr. Bean que únicamente había trabajado en el negocio de su padre el Sr. Bean, mientras éste no se retiró, y que tras su retiro y el cierre de la panificadora, al hijo del Sr. Bean le bastó con vivir de las rentas y pegarse una vida repleta de lujos, como toda la población sabía y conocía, y por otra parte envidiaba, sin haber poseído nunca ni a lo largo de su existencia cualquier oficio ni beneficio. De todo esto, que en aquel momento y tras los segundos de comprensible estupefacción por parte del carpintero, a éste no le acudiesen otras palabras a sus labios más que las que componían la pregunta dirigida hacia el hijo del Sr. Bean respecto a si en algún momento y mientras su familia regentó la panificadora, algún cliente les había cuestionado alguna vez el derecho a cobrar los panes al precio que cobrasen, o a subir dicho precio de los panes cuando a ellos les convenía, pregunta de la que el carpintero no obtuvo más respuesta del hijo del Sr. Bean que la de que no era aquel asunto el que ahora venía al caso, y que para saldar la cuestión y quedar todos contentos estaba dispuesto, aunque no lo mereciese, a subir su oferta para pagar el arreglo del carpintero hasta un máximo de 15 euros, ni un céntimo más. Pero el carpintero no estaba tampoco dispuesto a que ningún parásito como el hijo del Sr. Bean, como él lo catalogaba, infravalorase su trabajo ni su profesión a la que él, el carpintero, había dedicado toda su vida, ya que desde su infancia cuando decidió abandonar la escuela primaria para trabajar en un taller, escuela que a nivel nacional y por aquel entonces estaba dominada y monopolizada por los curas y la Iglesia en general, los cuales habían provocado que el carpintero, como muchos otros niños en aquellos años, no aprendiese más que a tenerles miedo a aquellos curas/maestros que les atizaban en las palmas de las manos con las reglas grandes de madera cuando deseaban infligirles con cualquier castigo, y que pronto renunciasen también a su aprendizaje educativo en las por entonces llamadas escuelas nacionales. Por eso el carpintero acabó rechazando los 15 euros que el hijo del Sr. Bean le ofrecía con actitud megalómana y prepotente, esa misma actitud que muchos hombres acaudalados y no tan acaudalados suelen mostrar cuando dan limosna o ejercen la filantropía y zanjó el asunto, el carpintero, dándole la espalda al hijo del Sr. Bean, tras haberle soltado en su misma cara que podía guardarse su maldito, corrupto y contaminado, por parasitario, dinero donde mejor le cupiera. Y así, enfurecido, rabioso y taciturno regresó de nuevo el carpintero a su casa con su familia para narrarles a su mujer y a sus hijos, todo lo que acababa de acontecer, tras lo cual añadió también el carpintero y confesó a su familia, los sentimientos, inclinaciones y deseos que en aquel momento había tenido que reprimir, que no eran otros más que los que habrían conducido a la aniquilación del hijo del Sr. Bean cuando hubiera saltado a su cuello y con sus fuertes y robustas manos le hubiera apretado y estrangulado hasta haber logrado su asfixia, añadiendo incluso que había sido lo que más le hubiera satisfecho entonces, aunque como todos sabían, no era el carpintero una persona capaz de cometer un crimen como aquel ni como cualquiera de otro tipo. Su hijo, viendo y experimentando la frustración y el disgusto de su progenitor, le intentó consolar y tranquilizar, diciendo que no merecía la pena, por tan poco dinero no se va ninguna parte, y que tampoco era la violencia la solución. A lo que su padre, el carpintero, contestó y concluyó para zanjar la cuestión, que si bien su hijo, que era el primogénito y solía tener muchas conversaciones de temas intelectuales y adultos, como suele decirse, con su padre, tenía razón, también era cierto que si algunos seres humanos, si es que merecen esa catalogación, así el carpintero, tan parásitos, aprovechados, megalómanos y explotadores, como lo era el hijo del Sr. Bean, e incluso añadió y se atrevió a meter en el saco al propio Sr. Bean y a toda su familia y al resto de estirpes semejantes que poblaban sobre toda la superficie de la Tierra; pues bien, si todos estos “bichos” inmundos, insanos y corruptos, afirmó el carpintero, fueran borrados, extinguidos del mundo y de entre la humanidad, al resto de seres vivos les sería más agradable y más justa la existencia. Y no tenía más que añadir ni quería oír una palabra más al respecto...
El tiempo pasó y ni el carpintero ni nadie de su familia recibió nunca el dinero por aquel trabajo realizado para el hijo del Sr. Bean.
“DIARIO DE TU AUSENCIA”
(TRES MESES)
(TRES MESES)
“¿Problemas sentimentales? Sólo
existen porque ahora vivo sin amor”
PETER HANDKE.
La cuesta abajo comenzó cuando todo se me iba de las manos y ya no podía conservar nada. Nadie iba a arriesgarse a permanecer a mi lado.
Siendo tan poco lo vivido hasta ahora, se que si lo escribiera podría llenar toneladas de páginas. Y en todas ellas hablaría de ti.
***
Todos los días, entre las cuatro y las siete, pasabas por delante de la zona de atención donde yo trabajaba y me sonreías. Yo sonreía, pero no conseguía encontrar la disculpa que me ayudara a abordarte.
Pensaba: “estoy convencido de que algo más que esto pasará entre nosotros, algún día… no sé cuándo, pero así será… quizás entonces ya no sea tarde”
La vida no significa más que eso, esperar (te).
Quedan libros por leer, mucha música por escuchar… y nunca llenarán el hueco que te tenía reservado. Dije adiós a la imaginación y llegó la realidad.
***
Siempre que comenzábamos una conversación el tiempo parecía detenerse y todo a nuestro alrededor se inmovilizaba. Como si los demás fueran los pasajeros de ese tren que espera a que le den la salida, quietos tras las ventanillas. Hasta que sonaba tu teléfono, era él, y el mundo reemprendía su marcha, volvía a girar la enorme noria.
Reírnos, tocarnos, casi abrazarnos, mirarnos. Pensar en besarte, pensar si tú también lo harías. Uno de tantos buenos días de esos que pasamos juntos. Volver a casa juntos en el mismo tren, dar por terminado el día en plena tarde, cuando tú bajas en tu estación y él te espera como cada día. Y seguir el viaje solo hasta mi parada, como cada día…
Quizás mañana no llueva más.
En el sueño mi teléfono recibía tal cantidad de mensajes, continuamente, que llegaba un momento en que la memoria de tan ocupada, ya no retenía los siguientes. Aquellos que nunca llegaría a leer. Desperté bañado en sudor.
Si mi móvil no recibe tus mensajes, cómo sabré que estás bien, como sabré que deseas comunicar conmigo… éramos separados por una delgada línea.
***
“No me imagino el resto de mis días sin ti”, dijiste. Y yo pensé: “no me imagino el resto de mis noches sin ti”.
***
Ninguna mujer me trató tan bien como tú lo has hecho. Y nadie me trató tan mal. Ninguna me trató tan bien y tan mal como tú, pero nadie me trató tan bien como mal me trataste tú. Me quieres, tan mal…
***
Ahora debía irme, no había otra salida más que la de escapar. Tan solo me hubiera quedado si me lo hubieras pedido.
Una de tus manías es que siempre olvidabas expresar algo de lo que sentías por mí cuando yo estaba presente.
Entonces tuve que alejarme de ti. Hasta que fueses tú la que me necesitara a mí.
***
Mientras me ducho siempre tengo un miedo constante a que se corte el agua, a que se acabe el gas o a que llegue el momento de cerrar el grifo…
Salí a la calle con la palabra resonando en mi cabeza, pero no a través del significante, sino como idea abstracta. Esa palabra sobre la que encontramos su historia en cualquier página escrita, en las mentes y en los labios de toda la gente, en las obras de arte, en el aire, en el cine, en cada línea de cada libro, en las notas de cualquier canción, en las conversaciones ajenas oídas sin querer… La palabra de esa idea inasible, la que todo el mundo piensa habla desea busca, la que siempre está ausente y nunca encontramos.
***
Tres mujeres sentadas en la misma mesa, no hablan, no se miran nunca a los ojos. Tres cafés con leche. Salvo esto, nada más en común. En qué consiste la amistad entre mujeres.
Me aborda la chica que promociona seguros. “No trabajo, no, tampoco tengo coche”. Palabras que bastan para que ya no le interese. Puede que no sea un verdadero hombre…
***
Siempre, cada noche, procuro dormir con un ojo abierto, por si veo escapar a mi espectro para irse por ahí y hacer todo lo que yo podría estar haciendo.
***
Mi primer día en mi nuevo trabajo. Espero que esas horas me permitan ocupar la mente en otras cosas que no sean tú.
***
Algo que me da mucho miedo: cuando a mí, que rozo los treinta, la chica que roza la veintena me pide la hora y me trata de usted…
O la panadera de unos veinticinco, casada, que me tiende la bolsa y me suelta “ahí tienes, ¡cuco!”.
Los dos casos me hacen pensar que carezco ya de toda identidad.
***
¿Y por qué tarareamos cuando caminamos solos?
***
En la tele he visto tus ojos en el rostro de esa actriz que siempre me había parecido de mirada triste, ahora que por un momento me había olvidado de ti. Necesito tenerte de nuevo a mi lado.
***
He guardado en la memoria un mensaje para enviarte más tarde: “A ver si nos vemos pronto y charlamos más tranquilamente…”
Y en realidad desearía escribir cuánto ansío verte y estar contigo.
existen porque ahora vivo sin amor”
PETER HANDKE.
La cuesta abajo comenzó cuando todo se me iba de las manos y ya no podía conservar nada. Nadie iba a arriesgarse a permanecer a mi lado.
Siendo tan poco lo vivido hasta ahora, se que si lo escribiera podría llenar toneladas de páginas. Y en todas ellas hablaría de ti.
***
Todos los días, entre las cuatro y las siete, pasabas por delante de la zona de atención donde yo trabajaba y me sonreías. Yo sonreía, pero no conseguía encontrar la disculpa que me ayudara a abordarte.
Pensaba: “estoy convencido de que algo más que esto pasará entre nosotros, algún día… no sé cuándo, pero así será… quizás entonces ya no sea tarde”
La vida no significa más que eso, esperar (te).
Quedan libros por leer, mucha música por escuchar… y nunca llenarán el hueco que te tenía reservado. Dije adiós a la imaginación y llegó la realidad.
***
Siempre que comenzábamos una conversación el tiempo parecía detenerse y todo a nuestro alrededor se inmovilizaba. Como si los demás fueran los pasajeros de ese tren que espera a que le den la salida, quietos tras las ventanillas. Hasta que sonaba tu teléfono, era él, y el mundo reemprendía su marcha, volvía a girar la enorme noria.
Reírnos, tocarnos, casi abrazarnos, mirarnos. Pensar en besarte, pensar si tú también lo harías. Uno de tantos buenos días de esos que pasamos juntos. Volver a casa juntos en el mismo tren, dar por terminado el día en plena tarde, cuando tú bajas en tu estación y él te espera como cada día. Y seguir el viaje solo hasta mi parada, como cada día…
Quizás mañana no llueva más.
En el sueño mi teléfono recibía tal cantidad de mensajes, continuamente, que llegaba un momento en que la memoria de tan ocupada, ya no retenía los siguientes. Aquellos que nunca llegaría a leer. Desperté bañado en sudor.
Si mi móvil no recibe tus mensajes, cómo sabré que estás bien, como sabré que deseas comunicar conmigo… éramos separados por una delgada línea.
***
“No me imagino el resto de mis días sin ti”, dijiste. Y yo pensé: “no me imagino el resto de mis noches sin ti”.
***
Ninguna mujer me trató tan bien como tú lo has hecho. Y nadie me trató tan mal. Ninguna me trató tan bien y tan mal como tú, pero nadie me trató tan bien como mal me trataste tú. Me quieres, tan mal…
***
Ahora debía irme, no había otra salida más que la de escapar. Tan solo me hubiera quedado si me lo hubieras pedido.
Una de tus manías es que siempre olvidabas expresar algo de lo que sentías por mí cuando yo estaba presente.
Entonces tuve que alejarme de ti. Hasta que fueses tú la que me necesitara a mí.
***
Mientras me ducho siempre tengo un miedo constante a que se corte el agua, a que se acabe el gas o a que llegue el momento de cerrar el grifo…
Salí a la calle con la palabra resonando en mi cabeza, pero no a través del significante, sino como idea abstracta. Esa palabra sobre la que encontramos su historia en cualquier página escrita, en las mentes y en los labios de toda la gente, en las obras de arte, en el aire, en el cine, en cada línea de cada libro, en las notas de cualquier canción, en las conversaciones ajenas oídas sin querer… La palabra de esa idea inasible, la que todo el mundo piensa habla desea busca, la que siempre está ausente y nunca encontramos.
***
Tres mujeres sentadas en la misma mesa, no hablan, no se miran nunca a los ojos. Tres cafés con leche. Salvo esto, nada más en común. En qué consiste la amistad entre mujeres.
Me aborda la chica que promociona seguros. “No trabajo, no, tampoco tengo coche”. Palabras que bastan para que ya no le interese. Puede que no sea un verdadero hombre…
***
Siempre, cada noche, procuro dormir con un ojo abierto, por si veo escapar a mi espectro para irse por ahí y hacer todo lo que yo podría estar haciendo.
***
Mi primer día en mi nuevo trabajo. Espero que esas horas me permitan ocupar la mente en otras cosas que no sean tú.
***
Algo que me da mucho miedo: cuando a mí, que rozo los treinta, la chica que roza la veintena me pide la hora y me trata de usted…
O la panadera de unos veinticinco, casada, que me tiende la bolsa y me suelta “ahí tienes, ¡cuco!”.
Los dos casos me hacen pensar que carezco ya de toda identidad.
***
¿Y por qué tarareamos cuando caminamos solos?
***
En la tele he visto tus ojos en el rostro de esa actriz que siempre me había parecido de mirada triste, ahora que por un momento me había olvidado de ti. Necesito tenerte de nuevo a mi lado.
***
He guardado en la memoria un mensaje para enviarte más tarde: “A ver si nos vemos pronto y charlamos más tranquilamente…”
Y en realidad desearía escribir cuánto ansío verte y estar contigo.
"PRÓXIMA SALIDA"
En cuanto el sonido de la última campanada se perdió por completo en el tiempo decidí comenzar el año acabando con mi vida. Me llamo Micky y lo que vi pasar ante mis ojos cuando metí el cañón en la boca no fue el resumen en imágenes de mi existencia. Nada. Eso es lo que vi. Un vacío inmensamente gris.
Estaba a punto de apretar el gatillo cuando el pitido del último tren al pasar me hizo echarme atrás. Encontré una solución. Si basaba el día a día en viajes de tren, quizá nunca más volviera a estar solo. Decidí darme una segunda oportunidad.
Aquella noche despedí el viejo año con una buena película de Chabrol. Hacia las tres me enfrenté por última vez al miedo de la cama desolada. Con los ojos cerrados rogué para que el sueño me venciera antes de que brotara el dolor desde el pecho.
Desperté con los ojos legañosos ante el nuevo año. Había llorado mientras dormía. Me lavé la cara. Hice algo de café. Estaba preparado para el viaje.
Atravesé el parque camino de la estación bajo la lluvia, sin que la misma música me abandonara en ningún instante. Constante en mi cabeza, la banda sonora de la película que ahora comenzaba a vivir. How to disappear completely.
En el tren encontré un diario abandonado por otro pasajero en el asiento. En primera página leo que las medidas de seguridad del rascacielos meses atrás incendiado no cumplían los requisitos indispensables. Las noticias importantes siempre llegan tarde. Cuando las leemos y no podemos hacer nada por cambiarlas están sucediendo aquellas de las que no sabremos nada hasta dentro de muchos días. Y de nuevo será tarde. Siempre objetos de la historia, nunca sujetos.
El tren emprendió la marcha y a través del cristal vi cómo la estación quedaba atrás empequeñeciéndose hasta desaparecer. Con ella se quedan los largos días de los intentos por esbozar una sonrisa y no conseguirla. Esa sensación cada vez que me sentaba a la barra con mi café y la prensa e intentaba adivinar lo que los demás pensaban de mí.
Quizá veían a esa persona triste y antipática que pagaba y se iba sin hablar con nadie. Y sentía que podrían tener razón y que incluso leían en mis ojos lo que entonces estaba pensando. Como si fuera tan interesante como para que todos aquellos fijaran su atención diaria en mí.
En la siguiente parada sube una chica con la que tengo una amiga común y se sienta a mi lado. Tú eres Micky, me dice, me han hablado muy bien de ti, algo tímido y reservado pero muy buena gente.
En realidad no hablo mucho, no por timidez sino porque no me gusta decir nada que no merezca la pena ser dicho. Por eso y porque cuando te dicen buena persona te están diciendo que careces de interés, me levanté y educadamente le dije a la chica que prefería cambiarme a otro vagón.
Me siento de nuevo cuando atravesamos un túnel y observo mi reflejo en la ventanilla. Por primera vez veo que mi recién estrenada prótesis ha ayudado a camuflar la mueca de tristeza. Son dos dientes que se me cayeron. Los malos hábitos, dijo la doctora. Posiblemente tuviera razón pero sino fuera por ellos seguramente hoy sólo conservaría los dientes. A pesar de la certidumbre de que ha comenzado mi decadencia física, me reconforta esa imagen que muestra que vuelvo a ser yo.
Bajé en la ciudad para reunirme con Ruby tras tres semanas sin noticias suyas. La última vez que la llamé y cuando esperaba en el lugar de la cita me llegó un mensaje suyo para avisarme de que seguía en la cama y se había olvidado por completo de que hubiéramos quedado. No me dolió pero desde entonces decidí que si quería verme debía ser ella quien en adelante tomase la iniciativa. Sin embargo me da incluso pereza volver a verla. Increíble lo que pueden cambiar en poco tiempo los sentimientos hacia el otro. De ser lo más importante que ha pasado por tu estúpida vida para al día siguiente eliminarlo de los dedos que cuentan a los que te acompañarían al búnker cuando bombardeasen los aliados.
Estaba con esa amiga suya que la menosprecia como universitaria, treintañera y que aún vive en casa de sus padres. Como si lo hubiéramos elegido por vocación. La única solución posible es la de huir con las manos vacías.
Parecía sorprendida cuando le confesé que estaba a punto de hacerlo. La confianza que en ti depositan algunas de las personas que dicen quererte.
Por suerte se fueron pronto y no tuve que forzar una de esas despedidas falsas e incómodas. Mucha suerte. Lo único que Ruby dijo al salir.
Sentí un alivio y una tranquilidad como no los recordaba haber sentido en mucho tiempo. Volvía a ser libre y al fin zanjaba el asunto. El miedo que tenemos a la soledad y la seguridad que nos invade al conquistarla de nuevo.
Borrón y cuenta nueva.
De vuelta en la estación miro la pantalla con la información sobre las próximas salidas. Hacia mí se abren múltiples posibilidades y me decido por el destino más lejano. La esperanza de que a mayor distancia más cerca estaré del objetivo de cambiar el pasado.
Saco el billete sólo de ida. El tren espera en el andén a que le den salida. Antes de subir observo a los pasajeros en el interior inmóviles tras los cristales. Como si el tiempo se hubiera detenido hasta que el maquinista se pusiera en marcha.
Una estación tras otra me fui alejando de los sitios familiares. Y en la última antes de atravesar la frontera, me despedí definitivamente de aquella tierra que me hizo perdedor.
Poco a poco, con la cadencia, me fui quedando dormido.
Al abrir los ojos había un niño sentado frente a mí. La sensación de su presencia era lo que me llevó a despertar. Mantenía su mirada fija en la mía, tanto que por un momento llegó a intimidarme y desvié la vista hacia la ventanilla. De nuevo miré al frente y ya no estaba.
Tuve que sacar el diario de la mochila para comprobar el día en el que vivía. Tal era mi desorientación. Sábado. Al menos no era uno de aquellos fines de semana en los que disponía de tanto tiempo libre y ningún lugar donde ir. Aquellos sábados solo, deambulando de un café a otro a la búsqueda de caras amigas, esperando alguna reacción a mis miradas. Siempre me invadía el desarraigo al encontrarme ante las mismas personas con las que me cruzaba casi cada día. Y acababa otra vez en el bar de mi amiga, buscando sus palabras redentoras que me sacaban a respirar de aquel silencio.
Ha oscurecido en el exterior y hacemos una parada de quince minutos. Me vendría bien tomar el aire y estirar las piernas. Bajo al andén de una ciudad hasta ahora desconocida y fumo un cigarrillo acariciado por la suave brisa nocturna. Sin rastro de estrellas. Llovió durante el día y ahora en el silencio húmedo, por fin se percibe el aroma de limpieza tras las tormentas. Como si los ruidos de la jornada enturbiaran no sólo el oído, sino el resto de los sentidos.
Busco al niño pero no consigo verlo por ningún rincón de la antigua estación.
El interventor nos indica que el tren está a punto de partir y todos los que habíamos salido volvemos con determinación y en silencio a nuestros asientos.
Se cerraron las puertas y poco a poco ganamos velocidad hasta que nuevamente atravesábamos la oscuridad que reinaba afuera.
Ha subido una familia gitana y van sentados cerca de mí. En un momento dado, el bebé rompe a llorar y la chica se saca un pecho para darle de mamar. Cuando acabó de alimentarlo volvió a taparse con naturalidad y siguió meciéndolo para que durmiera en sus brazos. En mucho rato, la única señal de comunicación en todo el vagón. Quizá por eso los mantenemos lejos de nosotros, por su ancestral fidelidad a la vida.
Recordé aquella ocasión en que me crucé con una muchedumbre que celebraba el funeral de uno de sus patriarcas. Los gitanos recibían y despedían juntos a la muerte.
A nosotros sólo nos queda esperarla en soledad. Desde que nos nacen estamos solos ante el mundo. Solamente contamos con el tiempo. Ese corredor de fondo que llegó a la meta cuando aún no empezaste a correr.
Deseamos recuperar los años dejados atrás y esperamos con impaciencia que los que vienen pasen rápido. Hasta que el destino acaba con el vacío.
Ante tales pensamientos decidí acercarme hasta el vagón-restaurante y tomar un café y una copa para despabilarme. Borrón y cuenta nueva.
Apoyado en la barra, al levantar la vista hacia el espejo entre los estantes de las botellas, volví a encontrar aquellos ojos infantiles. Estaba sentado en uno de esos taburetes altos acolchados ante la máquina de videojuego simulando una partida sin haber insertado moneda. Era un clásico. El del niño troglodita que cogía el patinete. Me acerqué para observar su falso juego y antes de llegar a su lado se volvió y me espetó aquella extraña pregunta. Cuándo decidiste dejar de soñar. Luego saltó y salió corriendo hacia el siguiente vagón. Cuando llegué y miré entre la gente no había rastro de él. Volví a la barra preguntándome qué había puesto el camarero en mi café.
Recobrado del estupor, regreso a mi asiento y escucho algo de música. Comienzo con At the bottom of everything y al llegar Train under the water deseo levantarme y cantarle al resto de pasajeros mientras afuera comienza a caer de nuevo la lluvia. La música sigue marcando el ritmo de mis venas. Siento el impulso de romper el cristal y saltar bajo la tormenta para que el agua sobre mi cuerpo me haga más bello y elimine de mi ser de una vez por todas la suciedad de la tristeza.
Sorprendido de mí mismo, me acerco a una chica que viaja sola y lee a Kundera sin levantar la vista de la letra impresa. Le pregunto si le gusta la novela y le cuento lo mucho que para mí significó su lectura hace unos años. La literatura es lo único que consigue apartarme de mi vida, dice. Lo está pasando mal desde que su hermano pequeño murió de un ataque cardíaco, meses atrás. Muerte súbita, dijeron los médicos. Como si la muerte no lo fuera siempre.
La vida está en otra parte…
Ya en mi sitio, allí estaba otra vez. Cuándo decidiste dejar de reír, preguntó en un susurro. Sin pensarlo un segundo solté lo primero que me vino a la mente: cuando supe que nos habían engañado a todos.
Habló de nuevo y no tuve respuesta que darle esta vez. Cuándo decidiste matarme. Y desapareció.
Durante un rato, mientras amanecía, fui contemplando las imágenes que me ofrecía la ventanilla. Me invadió esa dulce nostalgia que uno siente al encontrarse frente a lugares almacenados en la memoria. Como si ya hubiera estado en el pasado. Y pensaba que si volvía a ellos lograría ser el mismo de entonces. Experimenté una enorme necesidad de salir para pisar de nuevo aquel paisaje nunca antes visitado.
Se abrió la puerta del vagón y dos camareros comenzaron a repartir el desayuno que traían en un carrito de cuatro ruedas. El ruido que producían al deslizarse por el pasillo nos indicaba el estreno de un nuevo día.
Aunque estaba lejos recordé el aniversario de Joe y le envié un mensaje. No hubo respuesta. Aún así tuve la certeza absoluta de su sonrisa en el momento de leerlo, allí donde estuviera.
Tomé el café y el bollo y me dirigí al baño para asearme y despedir los restos de somnolencia.
Al entrar, sentado sobre la tapa del retrete, encontré al chico. Lloraba y agarraba con fuerza el brazo derecho. Me acerqué lentamente y posando mi mano sobre su cabeza fui yo quien preguntó esta vez: por qué lloras así, qué te pasó. Tranquilizándose y tras enjugarse las lágrimas me contó que al estar jugando con otros niños se colgaron del larguero de una portería del patio del colegio, apostando quién aguantaba más tiempo.
Al balancearse se resbaló y cayó al suelo desde lo alto con todo su peso sobre el brazo.
No quería que sus compañeros le viesen llorar y volvió corriendo en busca de mamá.
No la encontraba. Le dolía mucho y no quería que se le hubiera roto. Si le ponían escayola seguro que todos se reirían.
Le subí un poco la manga de la camisa y vi aquel hinchazón y la enorme brecha en el antebrazo que chorreaba sangre.
Salí en busca de hielo y el botiquín pero al volver ya no estaba. Levante la vista y me sorprendí en el espejo con la cara pálida de un blanco azulado y aquellas ojeras que parecían ser la sombra proyectada por unos ojos mucho más pequeños.
Una vez sentado y recuperada la tranquilidad, bajé la vista hacia el regazo, donde reposaban mis brazos. Poco a poco, temiendo lo que iba a encontrarme, doblé la manga derecha. Ahí estaba. Una cicatriz que cruzaba todo el antebrazo. La había olvidado.
Extendí la manga y miré cómo corría el paisaje del exterior mientras el tren seguía avanzando.
En cuanto el sonido de la última campanada se perdió por completo en el tiempo decidí comenzar el año acabando con mi vida. Me llamo Micky y lo que vi pasar ante mis ojos cuando metí el cañón en la boca no fue el resumen en imágenes de mi existencia. Nada. Eso es lo que vi. Un vacío inmensamente gris.
Estaba a punto de apretar el gatillo cuando el pitido del último tren al pasar me hizo echarme atrás. Encontré una solución. Si basaba el día a día en viajes de tren, quizá nunca más volviera a estar solo. Decidí darme una segunda oportunidad.
Aquella noche despedí el viejo año con una buena película de Chabrol. Hacia las tres me enfrenté por última vez al miedo de la cama desolada. Con los ojos cerrados rogué para que el sueño me venciera antes de que brotara el dolor desde el pecho.
Desperté con los ojos legañosos ante el nuevo año. Había llorado mientras dormía. Me lavé la cara. Hice algo de café. Estaba preparado para el viaje.
Atravesé el parque camino de la estación bajo la lluvia, sin que la misma música me abandonara en ningún instante. Constante en mi cabeza, la banda sonora de la película que ahora comenzaba a vivir. How to disappear completely.
En el tren encontré un diario abandonado por otro pasajero en el asiento. En primera página leo que las medidas de seguridad del rascacielos meses atrás incendiado no cumplían los requisitos indispensables. Las noticias importantes siempre llegan tarde. Cuando las leemos y no podemos hacer nada por cambiarlas están sucediendo aquellas de las que no sabremos nada hasta dentro de muchos días. Y de nuevo será tarde. Siempre objetos de la historia, nunca sujetos.
El tren emprendió la marcha y a través del cristal vi cómo la estación quedaba atrás empequeñeciéndose hasta desaparecer. Con ella se quedan los largos días de los intentos por esbozar una sonrisa y no conseguirla. Esa sensación cada vez que me sentaba a la barra con mi café y la prensa e intentaba adivinar lo que los demás pensaban de mí.
Quizá veían a esa persona triste y antipática que pagaba y se iba sin hablar con nadie. Y sentía que podrían tener razón y que incluso leían en mis ojos lo que entonces estaba pensando. Como si fuera tan interesante como para que todos aquellos fijaran su atención diaria en mí.
En la siguiente parada sube una chica con la que tengo una amiga común y se sienta a mi lado. Tú eres Micky, me dice, me han hablado muy bien de ti, algo tímido y reservado pero muy buena gente.
En realidad no hablo mucho, no por timidez sino porque no me gusta decir nada que no merezca la pena ser dicho. Por eso y porque cuando te dicen buena persona te están diciendo que careces de interés, me levanté y educadamente le dije a la chica que prefería cambiarme a otro vagón.
Me siento de nuevo cuando atravesamos un túnel y observo mi reflejo en la ventanilla. Por primera vez veo que mi recién estrenada prótesis ha ayudado a camuflar la mueca de tristeza. Son dos dientes que se me cayeron. Los malos hábitos, dijo la doctora. Posiblemente tuviera razón pero sino fuera por ellos seguramente hoy sólo conservaría los dientes. A pesar de la certidumbre de que ha comenzado mi decadencia física, me reconforta esa imagen que muestra que vuelvo a ser yo.
Bajé en la ciudad para reunirme con Ruby tras tres semanas sin noticias suyas. La última vez que la llamé y cuando esperaba en el lugar de la cita me llegó un mensaje suyo para avisarme de que seguía en la cama y se había olvidado por completo de que hubiéramos quedado. No me dolió pero desde entonces decidí que si quería verme debía ser ella quien en adelante tomase la iniciativa. Sin embargo me da incluso pereza volver a verla. Increíble lo que pueden cambiar en poco tiempo los sentimientos hacia el otro. De ser lo más importante que ha pasado por tu estúpida vida para al día siguiente eliminarlo de los dedos que cuentan a los que te acompañarían al búnker cuando bombardeasen los aliados.
Estaba con esa amiga suya que la menosprecia como universitaria, treintañera y que aún vive en casa de sus padres. Como si lo hubiéramos elegido por vocación. La única solución posible es la de huir con las manos vacías.
Parecía sorprendida cuando le confesé que estaba a punto de hacerlo. La confianza que en ti depositan algunas de las personas que dicen quererte.
Por suerte se fueron pronto y no tuve que forzar una de esas despedidas falsas e incómodas. Mucha suerte. Lo único que Ruby dijo al salir.
Sentí un alivio y una tranquilidad como no los recordaba haber sentido en mucho tiempo. Volvía a ser libre y al fin zanjaba el asunto. El miedo que tenemos a la soledad y la seguridad que nos invade al conquistarla de nuevo.
Borrón y cuenta nueva.
De vuelta en la estación miro la pantalla con la información sobre las próximas salidas. Hacia mí se abren múltiples posibilidades y me decido por el destino más lejano. La esperanza de que a mayor distancia más cerca estaré del objetivo de cambiar el pasado.
Saco el billete sólo de ida. El tren espera en el andén a que le den salida. Antes de subir observo a los pasajeros en el interior inmóviles tras los cristales. Como si el tiempo se hubiera detenido hasta que el maquinista se pusiera en marcha.
Una estación tras otra me fui alejando de los sitios familiares. Y en la última antes de atravesar la frontera, me despedí definitivamente de aquella tierra que me hizo perdedor.
Poco a poco, con la cadencia, me fui quedando dormido.
Al abrir los ojos había un niño sentado frente a mí. La sensación de su presencia era lo que me llevó a despertar. Mantenía su mirada fija en la mía, tanto que por un momento llegó a intimidarme y desvié la vista hacia la ventanilla. De nuevo miré al frente y ya no estaba.
Tuve que sacar el diario de la mochila para comprobar el día en el que vivía. Tal era mi desorientación. Sábado. Al menos no era uno de aquellos fines de semana en los que disponía de tanto tiempo libre y ningún lugar donde ir. Aquellos sábados solo, deambulando de un café a otro a la búsqueda de caras amigas, esperando alguna reacción a mis miradas. Siempre me invadía el desarraigo al encontrarme ante las mismas personas con las que me cruzaba casi cada día. Y acababa otra vez en el bar de mi amiga, buscando sus palabras redentoras que me sacaban a respirar de aquel silencio.
Ha oscurecido en el exterior y hacemos una parada de quince minutos. Me vendría bien tomar el aire y estirar las piernas. Bajo al andén de una ciudad hasta ahora desconocida y fumo un cigarrillo acariciado por la suave brisa nocturna. Sin rastro de estrellas. Llovió durante el día y ahora en el silencio húmedo, por fin se percibe el aroma de limpieza tras las tormentas. Como si los ruidos de la jornada enturbiaran no sólo el oído, sino el resto de los sentidos.
Busco al niño pero no consigo verlo por ningún rincón de la antigua estación.
El interventor nos indica que el tren está a punto de partir y todos los que habíamos salido volvemos con determinación y en silencio a nuestros asientos.
Se cerraron las puertas y poco a poco ganamos velocidad hasta que nuevamente atravesábamos la oscuridad que reinaba afuera.
Ha subido una familia gitana y van sentados cerca de mí. En un momento dado, el bebé rompe a llorar y la chica se saca un pecho para darle de mamar. Cuando acabó de alimentarlo volvió a taparse con naturalidad y siguió meciéndolo para que durmiera en sus brazos. En mucho rato, la única señal de comunicación en todo el vagón. Quizá por eso los mantenemos lejos de nosotros, por su ancestral fidelidad a la vida.
Recordé aquella ocasión en que me crucé con una muchedumbre que celebraba el funeral de uno de sus patriarcas. Los gitanos recibían y despedían juntos a la muerte.
A nosotros sólo nos queda esperarla en soledad. Desde que nos nacen estamos solos ante el mundo. Solamente contamos con el tiempo. Ese corredor de fondo que llegó a la meta cuando aún no empezaste a correr.
Deseamos recuperar los años dejados atrás y esperamos con impaciencia que los que vienen pasen rápido. Hasta que el destino acaba con el vacío.
Ante tales pensamientos decidí acercarme hasta el vagón-restaurante y tomar un café y una copa para despabilarme. Borrón y cuenta nueva.
Apoyado en la barra, al levantar la vista hacia el espejo entre los estantes de las botellas, volví a encontrar aquellos ojos infantiles. Estaba sentado en uno de esos taburetes altos acolchados ante la máquina de videojuego simulando una partida sin haber insertado moneda. Era un clásico. El del niño troglodita que cogía el patinete. Me acerqué para observar su falso juego y antes de llegar a su lado se volvió y me espetó aquella extraña pregunta. Cuándo decidiste dejar de soñar. Luego saltó y salió corriendo hacia el siguiente vagón. Cuando llegué y miré entre la gente no había rastro de él. Volví a la barra preguntándome qué había puesto el camarero en mi café.
Recobrado del estupor, regreso a mi asiento y escucho algo de música. Comienzo con At the bottom of everything y al llegar Train under the water deseo levantarme y cantarle al resto de pasajeros mientras afuera comienza a caer de nuevo la lluvia. La música sigue marcando el ritmo de mis venas. Siento el impulso de romper el cristal y saltar bajo la tormenta para que el agua sobre mi cuerpo me haga más bello y elimine de mi ser de una vez por todas la suciedad de la tristeza.
Sorprendido de mí mismo, me acerco a una chica que viaja sola y lee a Kundera sin levantar la vista de la letra impresa. Le pregunto si le gusta la novela y le cuento lo mucho que para mí significó su lectura hace unos años. La literatura es lo único que consigue apartarme de mi vida, dice. Lo está pasando mal desde que su hermano pequeño murió de un ataque cardíaco, meses atrás. Muerte súbita, dijeron los médicos. Como si la muerte no lo fuera siempre.
La vida está en otra parte…
Ya en mi sitio, allí estaba otra vez. Cuándo decidiste dejar de reír, preguntó en un susurro. Sin pensarlo un segundo solté lo primero que me vino a la mente: cuando supe que nos habían engañado a todos.
Habló de nuevo y no tuve respuesta que darle esta vez. Cuándo decidiste matarme. Y desapareció.
Durante un rato, mientras amanecía, fui contemplando las imágenes que me ofrecía la ventanilla. Me invadió esa dulce nostalgia que uno siente al encontrarse frente a lugares almacenados en la memoria. Como si ya hubiera estado en el pasado. Y pensaba que si volvía a ellos lograría ser el mismo de entonces. Experimenté una enorme necesidad de salir para pisar de nuevo aquel paisaje nunca antes visitado.
Se abrió la puerta del vagón y dos camareros comenzaron a repartir el desayuno que traían en un carrito de cuatro ruedas. El ruido que producían al deslizarse por el pasillo nos indicaba el estreno de un nuevo día.
Aunque estaba lejos recordé el aniversario de Joe y le envié un mensaje. No hubo respuesta. Aún así tuve la certeza absoluta de su sonrisa en el momento de leerlo, allí donde estuviera.
Tomé el café y el bollo y me dirigí al baño para asearme y despedir los restos de somnolencia.
Al entrar, sentado sobre la tapa del retrete, encontré al chico. Lloraba y agarraba con fuerza el brazo derecho. Me acerqué lentamente y posando mi mano sobre su cabeza fui yo quien preguntó esta vez: por qué lloras así, qué te pasó. Tranquilizándose y tras enjugarse las lágrimas me contó que al estar jugando con otros niños se colgaron del larguero de una portería del patio del colegio, apostando quién aguantaba más tiempo.
Al balancearse se resbaló y cayó al suelo desde lo alto con todo su peso sobre el brazo.
No quería que sus compañeros le viesen llorar y volvió corriendo en busca de mamá.
No la encontraba. Le dolía mucho y no quería que se le hubiera roto. Si le ponían escayola seguro que todos se reirían.
Le subí un poco la manga de la camisa y vi aquel hinchazón y la enorme brecha en el antebrazo que chorreaba sangre.
Salí en busca de hielo y el botiquín pero al volver ya no estaba. Levante la vista y me sorprendí en el espejo con la cara pálida de un blanco azulado y aquellas ojeras que parecían ser la sombra proyectada por unos ojos mucho más pequeños.
Una vez sentado y recuperada la tranquilidad, bajé la vista hacia el regazo, donde reposaban mis brazos. Poco a poco, temiendo lo que iba a encontrarme, doblé la manga derecha. Ahí estaba. Una cicatriz que cruzaba todo el antebrazo. La había olvidado.
Extendí la manga y miré cómo corría el paisaje del exterior mientras el tren seguía avanzando.
“La huída”
Llevaba horas sin verlos en el retrovisor cuando Micky decidió detenerse. Había abandonado la carretera y estaba frente a dos molinos. Fumaba y los miraba pensando en qué pasaría por la cabeza del Quijote para acometer contra ingenios tan poco hostiles. En Asturias no eran así. Allí estaría su madre, viendo en las noticias cómo la ley le perseguía. Ella le enseñó a ignorar el miedo.
Tenía tres años cuando le dejó cuidando de la pequeña mientras iba al mercado. Al volver encontró a Micky meciendo suavemente la cuna. Le abrazó y le dijo que era su hombrecito. La única vez que hizo lo correcto.
Tiró el cigarrillo y vio que seguían allí, expectantes. Encendió el motor y enfiló a gran velocidad contra los gigantes.
Llevaba horas sin verlos en el retrovisor cuando Micky decidió detenerse. Había abandonado la carretera y estaba frente a dos molinos. Fumaba y los miraba pensando en qué pasaría por la cabeza del Quijote para acometer contra ingenios tan poco hostiles. En Asturias no eran así. Allí estaría su madre, viendo en las noticias cómo la ley le perseguía. Ella le enseñó a ignorar el miedo.
Tenía tres años cuando le dejó cuidando de la pequeña mientras iba al mercado. Al volver encontró a Micky meciendo suavemente la cuna. Le abrazó y le dijo que era su hombrecito. La única vez que hizo lo correcto.
Tiró el cigarrillo y vio que seguían allí, expectantes. Encendió el motor y enfiló a gran velocidad contra los gigantes.


No hay comentarios:
Publicar un comentario