Tras 25 años de compromiso contractual con la discográfica de David Geffen, los príncipes del rock alternativo abandonan la multinacional y se pasan a una de las abanderadas del indie-rock: Matador (Yo La Tengo, Pavement, Cat Power, Come…) y siguen tal cual, sin perder su independencia.
Año tras año, desde 1983 y con sus más y sus menos, los de Thurston Moore entregan una lección magistral de eso que saben hacer tan bien: música. Sin apelativos genéricos ni sufijos cool ni post nada.
Todos sabemos que a la banda siempre se le ha ligado al noise rock, pero el único género que debería remarcar sus obras sería este: Sonic Youth. Dos palabras que pueden resumir toda su obra tan personal y transferible y que marca el antes y el ahora de la música alternativa mundial. Sin ellos, no habrían existido Nirvana, Pixies, Dinosaur Jr. y demás congéneres de los noventa, pero tampoco los actuales Magik Markers o los Wilco más experimentales. Sonic Youth, desde su gestación allá en los ochenta y en pleno 2009 son el símbolo de la vanguardia musical, transformando su estilo disco a disco pero sin perder un ápice de su marcada personalidad: esto es, gemas melódicas de pop-rock alternativo sumidas en ráfagas progresivas de parásitos sonoros que explotan en erupciones sónicas tras mantras líricos y retratos de la sociedad que les/nos rodea.
Y en pleno 2009, entregan The Eternal, álbum reafirmante de su personalidad, edite quien lo edite, porque Sonic Youth lo son, eternos. Puede que no hiciera falta este disco para afirmarlo, es más, desde que en 1990 entregaran Goo, ya lo eran. Pero es que, con los tiempos musicales y en general que corren, siempre hará falta un disco de Sonic Youth, porque son el paradigma de la supervivencia, los no acomodaticios, esos transgresores de cuarenta y tantos que nos mantienen viva la llama de la rebeldía y el inconformismo de cuando teníamos veinte, son Sonic Youth, y sigue habiendo una revuelta juvenil ahí fuera.
Aquí están las progresiones guitarreras de Sister (1987) y de Daydream Nation (1988) pero también los bandazos de Goo (1990) y de Dirty (1992), y la experimentación introspectiva de Washing Machine (1995) o Murray St. (2002).
El disco está lleno de clásicos marca de la casa: Sacred Trickster, primer single que abre el LP con guitarras arrolladoras y la voz de una Kim Gordon que canta como nunca, o Antenna con Moore como siempre y como nunca y de nuevo la vanguardia con Thunder clup for Bobby Pin o Massage the history.
Y al igual que en los momentos de militancia en la banda de Jim O`Rourke, el quinto miembro no transforma la identidad del grupo, ya que a los cuatro de siempre se ha unido Mark Ibold, el que fuera bajista de Pavement, que no transforma la formación sino que la enriquece, posibilitando la adición de Kim Gordon con una tercera guitarra en algunos de los temas. Sonic Youth no han vuelto porque nunca se han ido, y están aquí, más sónicos que nunca.
viernes, 10 de julio de 2009
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